El del domingo 30 de marzo de 2008 quizás no haya sido el almuerzo más particular que haya tenido en la vida Andrés Romero. Pero sí fue distinto.

Lo que pasó ese día le quedará grabado a “Pigu” a fuego. Fue cuando sus manos mágicas lo llevaron directamente a la historia del golf nacional y mundial.

“Romero esperó, miró, ganó”, escribió en su portada el sitio oficial del PGA Tour. “Golpe maestro”, se leyó en la tapa de LG Deportiva.

¿Qué es lo que hizo el tucumano? Fue a jugar el Zurich Classic, de Nueva Orleáns, que repartió 6,2 millones de dólares en premios. ¡Y lo ganó!

Para poner un poco en contexto el día del año en que “Pigu” se recibió de gigante (porque grande ya era), hay que decir que, en el país, Cristina Kirchner -presidenta entonces-, suspendió un viaje a Londres, en medio de una dura negociación con el campo, que bloqueaba las rutas y generaba desabastecimiento y una honda preocupación. En Tucumán, una fuerte polémica se generó por la inauguración del complejo de semáforos de la plazoleta Mitre. En deportes, la Naranja venció a Córdoba y se clasificó a la final del Campeonato Argentino de rugby para enfrentar a Buenos Aires; Atlético le ganó a Luján de Cuyo y mandaba con comodidad en la tabla general del Argentino A (donde también jugaba La Florida); San Martín lideraba el torneo de la B Nacional y River era el puntero del torneo de Primera.

“Recorrió un vía crucis emocional y deportivo antes de llegar a esta consagración mundial. Porque previo a levantar su primer trofeo en tierras estadounidenses debió trabajar y mucho en el campo del TPC de Louisiana”, empezaba la crónica de aquel día LG Deportiva.

Los hechos indican que, a primera hora del domingo -con campo pesado y mucho rocío en el pasto-, “Pigu” debió salir a culminar la tercera vuelta (no la pudo completar el día anterior debido a la lluvia), que cerró con 65 golpes; con 207 en el global, quedó a uno del local, John Merrick. “Busqué terminar bien para poner un número en el tablero y que el resto juegue más condicionado”, dijo sobre esa situación. Vaya si lo logró.

MOMENTOS. “Pigu” en juego y saludando. En la casa de sus padres, la familia estuvo de fiesta.

Ya en el trámite de la ronda final, concluyó los primeros nueve hoyos en -1. Y en la vuelta, aparecieron tres birdies, que lo llevaron a la cima del certamen con 275 (-13). Sólo Woody Austin y Peter Lonard podrían arrebatársela. Y como estos habían empezado a jugar más tarde, no quedó otra que esperar unas… tres horas.

Es entonces que surge la referencia del particular almuerzo, que el tucumano compartió con su entorno, buscando abstraerse de la situación. Pero la procesión iba por dentro. Luego, se sentó frente a un televisor, que le contaba lo que sucedía a pocos metros.

Y sucedió que Austin se despidió de la chance con un bogey en el 18. Y el australiano Lonard sepultó la suya con una falla en el 17 y un largo putt que intentó para birdie en el 18, en su afán de forzar el desempate.

Con aquella victoria, el tucumano se quedó con un cheque de U$S 1.116.000, entonces el segundo más alto de la historia para un golfista argentino. Y con un boleto para jugar cinco temporadas en el circuito más prestigioso del mundo. Y dio un enorme salto en el ranking mundial, ubicándose 21°. Y subió en la Orden de Mérito del PGA Tour desde el puesto 119 al 12. Incluso, al final de la temporada, el PGA Tour lo nombró “rookie” (debutante) del año, por su triunfo y sus tres top ten.

Más contexto para aquel gran triunfo. Romero era en 2008 un debutante como jugador regular en el PGA (había jugado algún torneo el año anterior, pero de forma esporádica). Y apenas en su séptimo certamen, ya logró alzar una copa. Con ello, se sumó a Roberto De Vicenzo, José Cóceres y Ángel Cabrera como triunfadores en el circuito. Antes de ello, venía de conquistar tres títulos en el Tour de las Américas y se ganó el pasaje al Challenge Tour de Europa, donde apenas estuvo un año y consiguió la membresía para el European Tour. En su segunda temporada en él, Romero ganó el título de Hamburgo y terminó 3° en el Abierto Británico, entre otros lauros. Y así se ganó el derecho de jugar en EE.UU.

En Yerba Buena, lugar de residencia de la familia Romero, apenas se confirmó la conquista, se armó una fiesta, con sus padres, Rosa y Federico como anfitriones. Unas 25 personas siguieron por televisión la definición de la competencia. Y, cuando se consumó lo que todos esperaban, hubo abrazos y gritos. Como corresponde festejar un campeonato.

Él, desde EE.UU, y con Aníbal Núñez muy cerca, contó sobre su inmensa alegría. Dijo haberse sentido con mucha confianza y en condiciones óptimas desde su juego para ganar. “Fue algo fantástico para mí, no lo podía creer” agrega hoy, a 12 años de su conquista y a poco de haber vuelto a la acción con entrenamientos, luego del obligado parate por la cuarentena debido a la pandemia de coronavirus. “Aquello que viví en 2008 fue tan especial como lo que estoy viviendo en estos días. Ojalá todo vuelva a la normalidad. Tengo ganas de volver a jugar, pero no sé si me gustará subirme a un avión después de esto que está sucediendo”, aseguró.

Lo de “Pigu”, aquel día, fue un éxito deportivo, que al mismo tiempo coronó toda una vida de sacrificio, propio y de su familia. Pasan los años y da la sensación de que aquel triunfo se hace más grande. Y, aunque hubo otros, el de Nueva Orleáns siempre tendrá el mote de histórico, para su carrera y para el deporte tucumanos. Nunca antes mejor utilizada esta palabra.